
Leo un artículo sobre el pueblo indígena de los Amondawa en el Amazonas, los cuales tienen un concepto del tiempo muy peculiar, o mejor dicho, no tienen ningún concepto del tiempo ni del espacio, al menos como nosotros lo conocemos. Para ellos las cosas son mucho más sencillas que la medición estricta del paso del tiempo. No tienen años, ni meses, ni semanas, ni tan siquiera estaciones. Todo sucede según lo que acontece en ese momento; ahora es el momento de la lluvia, ahora lo es del sol, luego vendrá la sombra y después la luz, y sólo saben contar hasta 4, no necesitan más. Podéis leer el artículo completo pinchando AQUÍ.
Pero todo esto me hace reflexionar sobre nuestra propia expresión temporal y existencial. Todo se mide en espacios, todo se analiza en tiempos. Los días se suman, la vida se extingue en ciclos de tiempo concretos (niñez, adolescencia, juventud, madurez, vejez...), y nos esclavizan las horas, nos poseen los días, nos gestionan los horarios.
Los Amondawa cambian de nombre según la época de su vida, hasta 4 veces (ya os dije que no cuentan más allá de esta cifra), y es su manera de identificar lo vivido, pero no lo por vivir.
Nosotros que nos sentimos manipulados por las estrictas reglas de la medición, por los plazos, las metas, los objetivos y la visión lejana o cercana del fin (la muerte), vivimos con esa angustia desde que de niños nos inculcan el temor al tiempo, al que pasa y al que nos queda, y por ello siempre andamos corriendo de aquí para allá, detrás del tiempo, o intentando adelantarlo. Pero ellos, los Amondawa, sólo viven el momento, el instante que les toca, la luz o la sombra, la lluvia o el sol; no hay más allá, no hay futuro como tal, ni lo necesitan, sólo piensan en sobrevivir ahora y en este lugar, mientras nuestro tiempo acaba con sus 4 reglas de vida, les intoxicamos con nuestras prisas, les contagiamos nuestras enfermedades absurdas, les condenamos a desaparecer y, algún despistado, les regala un reloj para medir un tiempo que no tienen, que no reconocen, ¿para qué?...
4 comentarios:
Sin embargo, por discrepar, o quizá por eso, por el tiempo que nos machaca, nos olvidamos de que hay un mañana, pero mientras nos dedicamos a pasar por encima de quien haga falta para conseguir lo que queremos y ya se sabe que a cada cerdo le llega su San Martín. Claro que estas personas solo están pensando en sobrevivir cada minuto y no en como pueden vivir mejor mañana. En fin, un lío.
Como añadido, me estoy dando cuenta que cada día escribes mejor capullin.
Y ahora después de leer el articulo, me pregunto ¿No se podían haber quedado los antropologos en su casa estudiando a su p... madre?
Pues si. Tienes razón, se podían haber quedado en su casa, pero el afán que tenemos los "occidentales" de estudiarlo todo y descubrirlo todo, como padres amantísimos, nos ha hecho intoxicar a muchas civilizaciones, venderles o enseñarles un "mundo mejor" y con ello derrumbar los últimos vestigios de otras culturas ancestrales. Así funciona el progreso, monstruo que todo devora, a pesar del tiempo...
Interesantísima reflexión. Los occidentales nos creemos los dioses del mundo. Realmente estos pueblos viven bien con su cosmovisión del mundo. De hecho, cuando entran en contacto con la civilización se ponen enfermos, les entra caries y diabetes, dolencias que antes no tenían.
Publicar un comentario en la entrada