La otra noche, mientras regresaba del Ateneo, enganchado a la música de mi ipod (en el afán de huir del mundanal ruido), vino a mi memoria la imagen de mi madre. Una imagen leve pero precisa. Estaba en la sala de estar, sentada frente a la mesa camilla y junto a la ventana por donde entraba la luz de un sol suave y blanco que iluminaba con idéntica intensidad su rostro claro y sus manos ocupadas. A su lado, sobre otra silla, descansaba un cesto de ropa recién lavada, una pequeña loma de colores y algodones en cuya cima se agolpaba una cantidad ingente de calcetines agujereados, descosidos o con la goma desecha por el uso y el abuso de niños que jugaban todas las tardes al balón, a policías y ladrones, a perseguir o al pincho.
Mi madre introducía un falso huevo de escayola en el calcetín para facilitar su zurcido. Cosia con delicadeza y cuidado de no dejar huella del hilo nuevo, y que este nos hiriera con el roce la piel de los dedos de nuestros píes infantiles. A veces rebuscaba en el costurero para localizar la madeja de hilo con el color que necesitaba, o al menos el de mayor parecido. Yo, sentado al otro lado de la mesa, ejercía en mis deberes de colegio como niño obediente y disciplinado. Escribía los números, deletreaba las palabras, dibujaba cubos, poliedros, casas con humo en la chimenea mientras ella levantaba la vista de vez en cuando para vigilar mi tarea, para sonreír disimuladamente al observar mi rostro concentrado y esa lengua que involuntaria se asomaba entre los bordes de mis labios en un esfuerzo torpe e inútil.
Pero yo también la miraba, de soslayo mis ojos la estudiaban. Y la miraba porque me infundia una paz extraña y a la vez conciliadora. Porque aquella imagen de sosiego transmitía seguridad y un inmenso cariño.
Luego el tiempo fue modificando la escena con menos calcetines, con las primeras gafas resbalando por su fina nariz, con un adolescente que veía la televisión y seguía oteando su rostro plácido con disimulo. Un día, casi sin saberlo, abandoné la estancia y dejé de mirar sus manos de costurera. El tiempo nos engañó y perdimos la memoria de las cosas simples.
Ahora extraño enormemente el brillo de sus cabellos castaños inundados de luz junto a la ventana, los calcetines recosidos con sumo cuidado y perfección, y su mirada escudriñando con sutileza, y una leve sonrisa cómplice, las tareas infantiles del niño que un día perdió la ternura de compartir con su madre todo un mundo de zurcidos calcetines y tardes felicísimas en su simpleza, enormes en su compostura.
11 comentarios:
jo tiooooooo, tas pasao
Que bellisima imagen!!!!!
Que emoción.... Felicidades por tan bellas palabras!!!
Enhorabuena por tan linda historia!!
Cuantos recuerdos bonitos me trae!!
Así me gusta, que estés recuperando el año que te tiraste sin dedicarle una sola palabra. Sólo una cosa, cada día que pasa me acuerdo más y más.........
Gracias por los comentarios. Me ha sorprendido la cantidad de ellos, nunca tuve tantas visitas en mi blog sobre un mismo post, espero que sigáis participando. Os espero.
Paco, me gustaba más el comentario que borraste (fuí más rápido que tú). No sé de dónde sacas que no escribí ni una palabra en un año(¿?), te recuerdo que hay en este blog un post de fecha 20 de marzo y que se titula Amelia y que además comentaste. Y si te parece poco en mi otro blog tienes un poema dedicado (http://cronicasdelvertigo.blogspot.com/2010/03/de-tu-ausencia.html).
De todas formas, y aunque no se publique en el blog, ¿sabes tú si he escrito o no algo en su memoria?. Y yo también la recuerdo todos los días, con todo el cariño y ternura que se merece. Besos.
Joselito, Joselito, que yo te quiero mucho más de lo que tú te imaginas, y nunca haria un comentario tal y como lo has interpretado. ¿Donde he puesto yo escribir?. ¿O no es cierto que hace muchos años estuviste más de un año sin hablar?, era un comentario jocoso que esperaba que lo cogieras al instante.Anda, ya estás pidiendo perdón a tu hermano mayor. Me has recordado a las salidas de Don Francisco, cosa que me gusta. Abrazos fuertes.
Bueno, que yo tampoco iba con ML, pero debo aclararte que yo no me tiré un año sin hablar, lo hacía, pero afónico perdido, que es diferente. Ya sé de las querencias que nos tenemos, eso ni lo dudo (y tú tampoco debes dudarlo), lo da las salidas de Don Francisco es posible, algo teníamos que heredar... ¿o no?. Más abrazos (a ver cuando son de verdad). :-)
Después de leer tu escrito, solo puedo decirte, FELICIDADES. Es precioso, ojala todos los hijos recuerden a su madre como lo haces tu.
Un saludo Chon
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