
Pérez Reverte acostumbra a tildar este nuestro país de «un país de mierda», pero yo me atrevería a decir que, además, es un «país de mierdas, mamelucos y borregos».
El asunto tiene su porqué. Recién acabo de aterrizar de mis cortas vacaciones en la playa, y cada día que asistí al disfrute de mis baños marinos (breves pero intensos), regresé malhumorado y con alguna que otra depresión veraniega.
He estado en una playa con la denominación de «bandera azul», es decir, se supone, que de cierta calidad y limpieza, pero...
Nada más llegar a la pequeña parcela de tierra que la multitud aglomerada nos permitía ocupar, topábamos con la onerosa presencia de cantidad de colillas y/o cigarrillos a medio acabar, que apartábamos como podíamos con las chanclas y palas de tenis, sin que eso supusiera la limpieza total del sitio, nada más lejos de nuestra intención, ya que no tardaban en aparecer otras al remover ligeramente la arena cálida.
Un poco más adelante, señores y señoras bien apoltronados en sus sillas de plástico, tumbonas y otros enseres playeros, fumaban liberados de las prohibiciones mientras compartían bolsas de frutos secos, golosinas y otros aperitivos de difícil descripción y composición. Todos y cada uno de ellos (y ellas) terminaban por hacer un pequeño agujero en el suelo arenoso y enterrar en él los restos de su pasión fumadora (vamos, colillas y cigarros a medio acabar), como si con eso hicieran desaparecer por arte de magia el cuerpo del delito.
Con ello, al subir la marea, la orilla del mar empezaba a poblarse de los restos enterrados que a la postre quedarían repartidos por lo ancho y largo de la playa.
Sólo cabría resaltar que, kilómetro más arriba, kilómetro más abajo, uno se sorprendía con la inusual delicadeza de algún ser humano que utilizaba un objeto en forma de cono de plástico invertido y pinchado en el suelo, en dónde depositaban las colillas para luego tirarlas en otro lugar para mí desconocido. Y un día encontré a un hombre que llevaba una especie de lata de sardinas con su tapa y todo dónde, además de depositar allí las colillas, usaba a forma de cenicero con la delicadeza de no permitir que una brizna de ceniza pudiera escaparse al suelo arenoso. Me emocioné de tal guisa que estuve a punto de darle un abrazo y las gracias por su generosidad, pero me abstuve de ello no fuera a malinterpretar mis castas intenciones.
Y volviendo al intenso grupo familiar que delante nuestra se despachaba a gusto de tabaco, bebida y comida, pude observar como disimuladamente dejaban caer las bolsas contenedoras de las típicas patatas fritas, frutos secos y otras viandas variadas al quedarse vacias, con la certeza de que el viento de levante, ligero y raudo, se las llevaría de su lado quedando inmunes de la torpeza de ir inundando la playa de dichos envoltorios imposibles de digerir por el mar o la arena. Al cabo, según pasaban las horas, a uno le iban llegando con el aire fresco, todo tipo de anuncios de plástico, a la vez que botellas e incluso latas de refresco. Cuando marchábamos a casa, en nuestro camino hacíamos una especie de recogida humanitaria de todo tipo de envoltorios y plásticos para depositarlos en las, eso sí, múltiples papeleras ancladas en cada salida y que, en casi todos los casos, se encontraban extrañamente vacías.
No hace falta decir que si esa era la práctica usual de los mayores, los niños que les acompañaban hacían fiel imitación de sus padres, pero sin la necesidad del disimulo. Y los jóvenes y/o adolescentes que ya iban solos en pandillas más o menos ruidosas, prácticamente jugaban con sus basuras extendiéndolas por doquier acompañadas de sus risas, vocabulario indescifrable y carreras al agua atropellando todo lo que se les ponía por medio.
Es decir, mejor me quedo en casa, me achicharro de calor, pero no tengo que observar a ese ejercito de mamelucos y borregos en que se está convirtiendo esta sociedad mal educada, déspota y hortera en la que uno sobrevive como puede y le dejan. Y esto no acaba aquí, que al regresar a mi ciudad he podido comprobar que las huestes de los bárbaros también han llegado hasta ella con el beneplácito de las autoridades locales (que seguro que están de vacaciones en cualquier playa del país, fumando, comiendo pipas y bebiendo cerveza enlatada en las arenas cálidas, sentados en sus poltronas de plástico y enterrando las colillas a su alrededor como mandan las normas de la moda actual), pero eso es otra historia... ¿o la misma?...
¡País!
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