La muerte siempre nos sorprende en otras tareas, cotidianas a veces, complejas en ocasiones, pero nos deja siempre el regusto amargo de no haber avisado, o al menos de no prepararnos. Cuando más cerca de nosotros, la parca, aposenta sus dominios, y nos arrebata a quién queremos, el golpe se torna duro e insoportable. Más, si como hace habitualmente, anda a cada momento campando a sus anchas por todo el mundo y siendo más prolifera en ciertos lugares carentes de medios para vivir, de sanidad, de justicia, de paz o del mínimo alimento; nos parece que su roce frío nos afecta menos (a algunos más que a otros). Luego llega y traslada a su imperio oscuro a quienes han escrito su sitio en la historia (escritores, políticos, pensadores, artistas,...) y ello nos delata un sentimiento de pérdida opaco y celoso, como si nos quitaran un objeto de valor al que aún no hemos tenido tiempo de sacar todo el provecho. Y es triste en diversas escalas, dependiendo del personaje y lo que realmente hizo o dejó de hacer. Otras ocasiones recoge de este terrenal infierno a personajillos de farándula y vida licenciosa de los que, de verdad, me importa un pimiento su desaparición (mejor para el planeta), pero al que suelen llorar amargamente toda una pléyade de insustanciales mentes amorfas, de procaces imbéciles, que por desgracia son muchos y eso me mosquea bastante.
Pero a veces, caprichosa y mezquina muerte, toma para sí las almas de quienes, anónimos luchadores, sólo están para servir, para ayudar, para que mi fe en la humanidad no se vaya al garete cualquier día de estos. Y eso duele, especialmente porque morir en esa lucha por los menos favorecidos, es una verdadera muerte digna, generosa, impagable.
Hoy me llega la noticia del fallecimiento en un accidente de tráfico en Perú de cuatro cooperantes españolas, cuatro mujeres que dejaron todo lo que aquí tenían para dedicar su tiempo y su esfuerzo a una causa justa y encomiable. Cuatro almas especiales que perdemos, tan valiosas y necesarias, tan difíciles de encontrar y de sustituir. No tendrán el homenaje de las masas, ni pondrán sus nombres a grandes avenidas, ni escribirán sus biografías; aunque salgan en los periódicos, en unos días ya no se acordaran de ellas. Eso es así. Pero para mí y, espero, algunas personas más, aparte de sus familiares y amigos, el recuerdo de su enfrentamiento vital, de su energía solidaria, de su vida afanosa merece, al menos, un pequeño homenaje de gratitud, unas palabras de afecto, una lágrima de tristeza compartida.
Gracias chicas, no os olvidaremos, no dejaremos de mirar siempre hacia ese lugar que comparten las buenas almas, las enormes almas que habitaban en vuestra esperanza y ahora forman parte del universo real de la justicia, la paz y el amor. Hasta siempre.
2 comentarios:
Ves, estos casos son los que dan al traste con la imagen de pais de mierda que tenemos.
Hay que tener confianza, mientras quede gente que lo deja todo por los demás. Otra cosa son las intenciones con las que se hace, Pero no pensemos mal.
Hombre, los que yo conozco (y conozco a muchos/as) no pueden tener mejores intenciones, eso te lo aseguro, y si vamos a lo personal ni te cuento. Por este tipo de gente se mantiene la esperanza en el ser humano, si no fuera así, hace tiempo que hubiese pedido que se parease el mundo, que yo me bajo...
Publicar un comentario en la entrada