Aún cuando me despierto en mañanas soleadas, esas que dejan entrever por las rendijas de las ventanas una luz clara y difusa, la recuerdo. Recuerdo el tibio olor del desayuno, el perfume húmedo de la plancha, su voz tenue y precisa invitando a levantarnos. Eran domingos de fútbol en el patio, de pollo con patatas fritas, de cine en los maristas, de "no llegues tarde que mañana hay colegio"...
Amelia, mi madre, a la que todos llamaban Meli; las vecinas, el panadero, el jardinero, las madres de mis amigos... Meli para sus hemanas, Meli para mi padre, Meli toda la vida, como un disminutivo que en vez de empequeñecer engrandecía, que le daba una vida especial, un tono de cariño y gratitud diferentes.
Meli, que sostuvo durante dieciseis años entre sus brazos el leve cuerpo desvencijado de mi hermano Jesús. Que entrego todos ese tiempo a darle lo mejor que podía ofrecer, su amor de madre, su piedad y su constancia.
Meli, que siempre soplaba en nuestras heridas y besaba con ternura los chichones de la cotidaniedad. Meli que siempre sonreía, a pesar de los pesares; que nos bañaba y nos vestía de limpio y a diario; Meli que vigilaba nuestro vocabulario, nuestras formas y nuestra educación, siempre con algún ejemplo, y a veces, sólo a veces, con alguna reprimenda.
Meli, que con el tiempo vio alejarse a sus hijos, pero recibió orgullosa a sus nueras, luego a sus nietos y al final pudo reír y disfrutar con Guille y Alberto (¡cuídalos mama!). Meli que nos enseñó a ser adultos sin dejar de ser niños, y a ser padres sin olvidar que éramos también hijos.
Meli, que tanto echó de menos a Paco y siempre, siempre añoró a Jesús; que lloró en silencio y nos mostró el camino de la ternura en la ausencia.
Melí que fue creciendo en su madurez, y a pesar de sus achaques seguía siendo ella, en la esencia pura de quién amó mucho, entrego todo y supo responder ante la despedida con el silencio y la humildad que siempre le acompañó.
Meli, que ya es AMELIA en toda su extensión, una por una las letras de su nombre, en mayúscula y eternas. Infinitas para nosotros que tanto la recordamos, que tanto dolor nos produce su ausencia ("que por doler, nos duele hasta el aliento..."), pero que tanta emoción nos asigna su vida, su ejemplo, su eterna sonrisa.
No sé si estas son las palabras precisas, el amor que mereces, o las emociones que necesitamos (tuya es la paz y el orgullo) para seguir añorándote. Pero si quieren reflejar todo el amor que siempre nos regalaste, todo el cariño que siempre recibimos, y quizá, sólo quizá, en algunos casos, no supimos devolverte.
Mamá, Meli, Amelia, desde este sábado de campo y sol (como aquellos en que estabas y sonreías a nuestro lado) te escribo, te extrañamos; nos alegró tanto y tanto haberte conocido...
5 comentarios:
Joder, que rato .............. Gracias,Jose.......
.......... lo mismo digo.
besotes
me cachis, ahora se me ha corrido la pintura y no tengo clinex....
Jose muy bonito, es lo minimo que se le puede decir a una madre que ha luchado tanto por sus hijos. Yo por desgracia la conoci poco, pero se poco basto para saber que era una gran mujer. Un beso de tu primo Felix que os quiere.
Bueno, gracias a todos por los comentarios y sobretodo a Felix, primo, cuanto tiempo sin vernos. A ver si con un poco de suerte hay una oportunidad y charlamos. Un fuerte abrazo.
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