
Hoy, día extraño, me han sucedido cosas habituales y otras no tanto. Como casi siempre, mi viaje literario en el Ateneo ha vuelto a ser un fracaso. Ni club de lectura ni nada que se le parezca. La desolación de tres aficionados a eso de leer libros, buenos libros, o al menos de intentarlo, choca con la desidia más cruel que sigue anidando en las almas de esta ciudad robada. Pero no he de rendirme por ello, mientras no esté totalmente sólo en este empeño, y alguien, una sola persona, me acompañe, estaré ahí... al menos hoy, día extraño, mañana...
Pero lo que realmente ha hecho que esta jornada haya merecido la pena, ha sucedido al final de sus horas, rota ya la noche en dos mitades de dos días diferentes.
Me he quedado viendo la película de Amenábar y Bardem, "Mar adentro". La reponían en la 2, así entera, sin anuncios. Hace cuatro años, cuando se estrenó, estaba rodeada de más polémica de la que merecía; la vida de Ramón San Pedro en lucha por una muerte digna, levantó ampollas y coloquios fariseos. Entonces, cuando la vi por vez primera, debo reconocer que albergaba un mar de incertidumbres, pero no sobre el derecho o la libertad para elegir cuando dejar este mundo y las razones del porqué hacerlo; sino del verdadero enfoque, del tratamiento de una historia tan complicada de transmitir, de entender.
Ahora, pasado el tiempo (no mucho, pero suficiente) para poder saborear este relato profundo y emotivo de la condición humana, de su más extenso arraigo, he descubierto la magnificencia y la claridad con las que el director/guionista y los interpretes de la película (todos, no sólo Bardem) tratan este asunto. La sensibilidad y la ternura, la realidad de un suceso que lejos de explotar por su carácter mediático, sólo nos muestran en su contenido humano. Es la historia de muchas historias, de muchos deseos, frustraciones, anhelos y esperanzas; si, esperanzas hasta de morir, de descansar, de procurarse la paz de los otros, de esos a los que se quiere profundamente, y no caben más desdichas, ni más sufrimiento.
No podemos engañarnos, y a pesar del desvelo y el afecto de quienes con denodado esfuerzo cuidan de sus maltrechos familiares (o amigos) gravemente enfermos y limitados, sabemos que el sufrimiento y el sacrificio no puedo, ni debe, durar mucho más. Eso es todo; y todo eso procura que el respeto a la libertad de elegir como vivir y como morir (sabiendo que una cosa lleva, inevitablemente, a la otra) sea un derecho inalienable que nadie ni nada pueda coartar nunca más.
Luego pasa que hay quienes miran para otro lado, o para sí mismos, acicalan sus ropas, atusan sus cabellos, comprueban que en su bolsillo no faltan unas monedas (o miles de ellas en su cuenta bancaria) y siguen su camino orgullosos de lo que son, y hasta de lo que representan, no leen o leen mal y piensan que tienen el derecho de juzgar a los demás sin que ellos nunca sean juzgados. Y así nos va...
Día extraño, me regalaste la luz y la sombra en un mismo plato. Una vez separadas, me vence el sueño, debo retirarme, a dormir, que es morir un poco, sólo un poco...
1 comentarios:
¿Que quieres que te diga? Cuando uno se va haciendo mayor se va dando cuenta de lo que es la vida, bueno, no todos.... un abrazo
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