lunes, 26 de marzo de 2012
La ira
Si el odio es un cáncer que corroe las esquinas del alma, la ira es su reflejo exterior, el escudo de los que odian sin medida y reiteran su agónico desencanto con la muestra mas falaz de sus miserias.
Y la ira es violencia, extrema procesión de golpes, ojos desencajados, la voz rota, las manos en compostura de garra y el cuerpo tenso, el corazón acelerado.
Pero a veces, esa ira, es contenida, en otras ocasiones puede ser hasta justa y necesaria, inevitable. Es la ira de los justos, de los pacientes que observan como su destrucción inminente no les da para más repuesta que un poco de ira, un poco de rabia, otro de suicidio. No es escusa, es la respuesta a la desesperación.
Hoy vamos a dejar esa ira perecedera de lado (hablaremos de ello en otro momento).
La ira que nos ocupa es la de los cretinos, los poseedores de la verdad inmutable, los gobernantes del bien y del mal, los cretinos de espíritu desleal y mente calculadora. Esos que defienden el fin por encima de los medios (y de quién se cruce en su camino), que no soportan otra cuestión más que sus propios infiernos, y han de llevar hasta el borde mismo del precipicio su realidad absurda.
Ellos que acometen su jornada pensando que necesitan dar un par de hostias bien dadas a alguien que, seguro, se las merece.
Ellos que presagian desde sus lujosos vehículo que, seguramente, habrá algún cretino que se pase de listo y que merezca, sin duda alguna, el más rancio de sus desprecios y el más soez de sus insultos.
Ellos que, con paso firme y seguro, miraran de soslayo a todo bicho viviente que se les cruce (pobres ingenuos) y apartarán con expresión vehemente cualquier atisbo de intervención contraria a sus intereses y sabiduría indiscutible.
Esa es la ira que todo descompone, la rabia intransigente que exponen en algunos periódicos, programas de radio y monumentos a la estulticia de bodrios televisivos que ofenden la inteligencia humana constantemente.
La ira que pulula en estadios deportivos; sobre las canchas de juego o en los asientos del público.
La ira que circunda a quienes, sin escusa posible, golpean y destrozan las ciudades, los bosques y los océanos. Dejando su huella destructiva en los bancos del parque, el humo de los incendios y las manchas de petroleo.
La ira de los energúmenos, los engreídos, los fanáticos y los borregos.
La ira que corroe sin piedad el alma de los hombres, la envenena y la destruye. La ira que nos gobierna y nos confunde, la que dicta las normas para sobrevivir en un mundo invadido de ira y de odios.
Habrá que hacer algo, poner la ternura sobre la mesa y las manos, hablar de la piedad y de la misericordia. Elevar la voz y gritar que ya basta, sin ira ni odio, con la mesura de la razón y la evidencia de la humildad.
Por favor, que así sea.
jueves, 8 de marzo de 2012
Los trabajos del arte...(musical)
Making Making Mirrors - a short documentary from Gotye on Vimeo.
martes, 6 de marzo de 2012
Sigur Ros
viernes, 2 de marzo de 2012
El odio
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| El Roto (El País 02/03/2012) |
No caben esperanzas en este mundo que se balancea fuera de la estructura puramente humana de la solidaridad. Convivo en la tristeza de saber que sobre todas las cosas, por encima de la ternura o el aprecio (ya sería mucho más serio hablar del amor, que no merece comparación con semejante alimaña), sigue conquistando terrenos y corazones el odio.
Crece la brecha, el abismo que separa los dos mundos. Cada uno atrae sus adeptos. Unos, los de arriba, con la urdimbre codiciosa del dinero, el poder y el mal de altura. Los otros, los de abajo, con la incorporación pausada y sangrante de la pobreza.
Aumentan las diferencias, y en ese devenir callado pero creciente el virus del desprecio también encuentra su acomodo y su alimento. Los poderosos reniegan de los andrajos, los pellejos hueros, las miradas inanes, las moscas de la vida... Los pobres engendran las sombras del abatimiento y miran a sus señores con un rencor disimulado mientras ofrecen sus manos cansadas en busca de la fútil limosna de la esperanza.
No es un hecho sólo concretado en los extremos. La fosa de las diferencias tiene quebrantos intermedios, reflejos urbanos en ciudades con rascacielos y mercados de lujo. Allí el bochorno de la desesperación anida en los parques bajo los cartones y los plásticos, o en los suburbios sin avenidas.
Pero en todos los casos, en la mentira de la paz y en la falacia de las guerras, en los escaparates de la avaricia y en los sótanos de la desesperanza, crece, se reproduce con fiereza el más sanguinario de los odios.
Y lo más sorprendente, lo más inadmisible, lo más cruel de todo este odio, es comprobar como su efigie es adorada en los lugares dónde habita el poder y la usura. Estos seres de ambición desmedida odian a todo y todos los que puedan amenazar su estulticia económica y cretina. Odian a quienes osan molestar con sus palabras o hechos su acomodado sillón dorado. Odian a quienes salen a la calle y vociferan los abusos. Odian a quienes buscan en la justicia un camino contra la injusticia (pobres ilusos desposeídos), y odian a todo ser humano que no diga ni piense lo que ellos no dejan de repetir y pensar: el beneficio y la rentabilidad.
La siembra de tanto rencor va creciendo, y ya se pueden apreciar los primeros brotes emerger en las consciencias de los esclavos mercantilistas, en esa clase media acomodada y miedosa que aferrada a sus puestos de trabajo, sus cuentas de ahorro o sus planes de pensiones, miran de reojo al joven que grita en la calle, el inmigrante que es diferente, el aciano que reclama su derecho a seguir viviendo con dignidad, a la mujer que quiere ser dueña de su vida y su cuerpo, a todo el que amenace su estatus y el de su familia (lo demás no importa)..., más allá de todo eso está el temor, y un poco más allá, el odio, esa fiera alimaña que corroe el corazón del mundo y lo destruye.
Ese es nuestro enemigo, el peor de los contrincantes en esta lucha por conquistar una vida mejor, más justa y solidaria. Ese es nuestro enemigo. Que alguien se lo explique a alguien. Sólo hace falta eso, y un poco de ternura. Nada más o nada menos.
miércoles, 22 de febrero de 2012
Lo que quiero ahora

(Artículo de la Periodista Ángeles caso en La Vanguardia.)
"Será porque tres de mis más queridos amigos se han enfrentado inesperadamente estas Navidades a enfermedades gravísimas. O porque, por suerte para mí, mi compañero es un hombre que no posee nada material pero tiene el corazón y la cabeza más sanos que he conocido y cada día aprendo de él algo valioso. O tal vez porque, a estas alturas de mi existencia, he vivido ya las suficientes horas buenas y horas malas como para empezar a colocar las cosas en su sitio. Será, quizá, porque algún bendito ángel de la sabiduría ha pasado por aquí cerca y ha dejado llegar una bocanada de su aliento hasta mí. El caso es que tengo la sensación –al menos la sensación– de que empiezo a entender un poco de qué va esto llamado vida.
Casi nada de lo que creemos que es importante me lo parece. Ni el éxito, ni el poder, ni el dinero, más allá de lo imprescindible para vivir con dignidad. Paso de las coronas de laureles y de los halagos sucios. Igual que paso del fango de la envidia, de la maledicencia y el juicio ajeno. Aparto a los quejumbrosos y malhumorados, a los egoístas y ambiciosos que aspiran a reposar en tumbas llenas de honores y cuentas bancarias, sobre las que nadie derramará una sola lágrima en la que quepa una partícula minúscula de pena verdadera. Detesto los coches de lujo que ensucian el mundo, los abrigos de pieles arrancadas de un cuerpo tibio y palpitante, las joyas fabricadas sobre las penalidades de hombres esclavos que padecen en las minas de esmeraldas y de oro a cambio de un pedazo de pan.
Rechazo el cinismo de una sociedad que sólo piensa en su propio bienestar y se desentiende del malestar de los otros, a base del cual construye su derroche. Y a los malditos indiferentes que nunca se meten en líos. Señalo con el dedo a los hipócritas que depositan una moneda en las huchas de las misiones pero no comparten la mesa con un inmigrante. A los que te aplauden cuando eres reina y te abandonan cuando te salen pústulas. A los que creen que sólo es importante tener y exhibir en lugar de sentir, pensar y ser.
Y ahora, ahora, en este momento de mi vida, no quiero casi nada. Tan sólo la ternura de mi amor y la gloriosa compañía de mis amigos. Unas cuantas carcajadas y unas palabras de cariño antes de irme a la cama. El recuerdo dulce de mis muertos. Un par de árboles al otro lado de los cristales y un pedazo de cielo al que se asomen la luz y la noche. El mejor verso del mundo y la más hermosa de las músicas. Por lo demás, podría comer patatas cocidas y dormir en el suelo mientras mi conciencia esté tranquila.
También quiero, eso sí, mantener la libertad y el espíritu crítico por los que pago con gusto todo el precio que haya que pagar. Quiero toda la serenidad para sobrellevar el dolor y toda la alegría para disfrutar de lo bueno. Un instante de belleza a diario. Echar desesperadamente de menos a los que tengan que irse porque tuve la suerte de haberlos tenido a mi lado. No estar jamás de vuelta de nada. Seguir llorando cada vez que algo lo merezca, pero no quejarme de ninguna tontería. No convertirme nunca, nunca, en una mujer amargada, pase lo que pase. Y que el día en que me toque esfumarme, un puñadito de personas piensen que valió la pena que yo anduviera un rato por aquí. Sólo quiero eso. Casi nada. O todo."
http://www.lavanguardia.com/magazine/20120119/54245109494/lo-que-quiero-ahora-angeles-caso.html
jueves, 16 de febrero de 2012
El factor humano

Hace ya unos meses me pidieron un prólogo para un poemario de varios autores y que pretendía servir (su venta) para llevar alguna ayuda a las víctimas del terremoto de Haití.

